En mi trabajo estamos bastante acostumbrados a los insultos, se ha convertido en parte del oficio. Si trabajas en un servicio de atención al cliente de un operador de telecomunicaciones, hasta son comprensibles, son pocos los que llaman para dar las gracias.
Los insultos, en realidad, me la repampinflan (me gusta esta palabra, aunque tengo dudas de cómo se escribe) son los típicos y faltos de originalidad que escuchamos en cualquier esquina o en la puerta de cualquier colegio o instituto. Pero hay algunos mmm...… que serán inolvidables.
Los que recuerdo con mas…’cariño’ son, por ejemplo, el señor que, después de defecar en todos los santos que conozco y los que aún dudo si existen, me amenazó indicando que vendrá, personalmente, a ponerme una bomba a mis pies. Supongo y espero que no será tan fácil conseguir material para fabricar bombas a menos que seas como McGyver que fabricaba bombas con un chicle, un palillo de dientes y un chupete para bebes.
Otro que me dejó sin palabras fue un señor, muy educado y con dulce voz, que me dijo que yo era mas inútil que la tetilla de un hombre, palabras que aún, a pesar de haber trancurrido varios meses, me mantienen cavilando sobre la verdadera utilidad de las tetillas de hombre, que, no dudo, alguna debe tener.
Y, tan lindo, el que un día me deseo que me diesen por donde amargan los pepinos. A mi el pepino me gusta en ensalada, en gazpacho, un buen tabule, y la verdad aún no he descifrado en dónde me puede amargar.
Un insulto reciente me lo dedicó un paisano (gallego de Cangas) en perfecto español, que me dijo que yo soy mas molesta que las fístulas de un buey viejo. Mi almohada con orejas me tranquiliza diciendo que no soy tan molesta, que todo depende de dónde están ubicadas dichas fístulas...


